¡Vacaciones!

 

Por fin llegan las ansiadas vacaciones para los más pequeños. Nueve meses de duro esfuerzo en los colegios e institutos que terminan en una sensación de inmensa felicidad para ellos (que todos hemos sido niños una vez y nos ha encantado, sí), aunque algo complicadas para los horarios de los padres. Desde el mismo instante de la salida del cole, los más pequeños intentarán, por activa y por pasiva, escaquearse de realizar tareas de la casa o actividades. Hasta ahí todo normal, pero ¿debemos dejarles descansar durante el verano o, por el contrario, deberíamos ponerles unos trabajos diarios?

 

Los deberes ya sabemos que es un tema bastante complicado y delicado para tratar, aunque creemos que se ha confundido la finalidad, que no es otra sino hacerles autónomos y responsables de sus tareas a la par que aprenden. Si bien es cierto que no es aconsejable que se les pongan una montaña de tareas que no les permitan tener tiempo libre para comportarse como lo que son, chavales en su infancia, también lo es que se debe encontrar ese término medio que compatibilice esa edad y el deseo de disfrutar del tiempo libre, con el poder hacer alguna que otra tarea de deberes en una pequeña franja de tiempo. Ahora bien, no confundir con las tareas veraniegas, cuya finalidad es otra distinta.

 

¿Son necesarias las tareas en verano?

No es que sean estrictamente necesarias, pero sí más que muy aconsejables, no por la función positiva que crean (que evidentemente crean), sino más bien porque impide que proliferen conductas futuras de “pequeños dictadores” (con el desarrollo entenderemos el porqué). La función de dichas tareas es que sigan entendiendo que es básico tener unos horarios marcados que cumplir, que para disfrutar primero se ha de trabajar y que es básico ayudar en una convivencia con pequeñas aportaciones (sí, nos referimos a no únicamente tareas de actividades, sino a tareas domésticas).

 

¿Qué mensaje estamos lanzando a los pequeños cuando reciben recompensa sin esfuerzo?

Antes de nada debemos aclarar que, para ellos, el esfuerzo consideran haberlo realizado ya durante el resto del año, lo cual hay que reconocerles, siempre y cuando lo hayan solventado superando todas las asignaturas, sopesando las posibles dificultades personales propias de cada uno (reconocerles no significa premiarles con caprichos, sino verbalmente o con negociaciones más abiertas para proposiciones que puedan ser razonables).

Puestos ya en el caso en el que no vamos a mandarles tareas de ejercicios ni quehaceres del hogar, vamos a analizar lo que significa en la mente de un niño que convive con muchos otros niños más (y que tienen otros padres también poniendo normas):

 

– Un niño sin normas puede coger un hábito difícil de quitar y que, siendo la infancia un tiempo de formación del cuerpo y mente, puede ser bastante contrario para un futuro no muy lejano: levantarse bien entrada la mañana. No significa que debamos hacerles madrugar (que podría hacerse para hacer actividades incluso lúdicas), pero sí marcar una línea que no se deba traspasar. Su educación también pasa por enseñarles a luchar contra la pereza.

– Un niño que no tenga unos quehaceres diarios (no tienen que ser de 8 horas, con un par está bien), se le quita la rutina de hacer algo de esfuerzo al día, de organización de tareas y, en consecuencia, consiguiendo un premio haciendo la actividad que quiera sin ejercer nada a cambio. Repetimos: no son 8 horas. Con un par de tareas, una de ejercicios relacionados con el curso y otra del hogar, son suficientes.

– Un niño que realiza las actividades que quiera (bien sea irse a la piscina, jugar con los amigos, ver la televisión o jugar a las videoconsolas), está en continuo contacto con otros chavales de su misma edad que puede que sí que tengan otras tareas que realizar antes de poder ejercer esa actividad lúdica. ¿Cuál sería el mensaje que le está llegando a nuestro chaval? Lo que percibe nuestro chaval del ejemplo, es que él no tiene normas en comparación con sus compañeros, lo que puede posicionarle como alguien “privilegiado” o que pueda percibir un pequeño resquicio por el que posicionarse por encima de ellos. ¿En cuántas ocasiones hemos escuchado un “¡Jo! Es que los padres de Pepito se lo han comprado”? De la misma manera que nuestros chavales se posicionan en la parte inferior de dicha ecuación, no les cuesta absolutamente nada colocarse en la superior (de hecho, les encanta).

 

Entonces, ¿con unas pequeñas tareas son suficientes?

Sí, no es necesario tenerles como esclavos. Insistimos en que únicamente se trata de seguir manteniendo un hábito de ejercer “obligaciones” para obtener derechos, pero sin olvidar que son niños. Las conductas de “mi hijo hará/tendrá todo lo que yo no pude hacer/tener” no deben pasar nunca por encima de tener que ganarse las cosas. Lo que nunca debe faltarle a un niño es un plato de comida, ropa, sanidad y educación. Que le falte el último videojuego del mercado es algo más que superfluo, innecesario y no es a lo que debe hacer referencia esa frase. Asimismo, tampoco se debe referir esa frase a que el niño pueda hacer lo que quiera. Hay que recordar que no es ningún adulto, no tiene obligaciones excesivas y tiene mayores protecciones, lo que puede condicionar ese comportamiento de “pequeño dictador” si se le permite todo ello, dado que percibe que es una figura “intocable” pudiendo hacer y deshacer a su antojo.

Sin desviarnos del tema, realizar una pequeña tarea como hacer su propia habitación, limpiar alguna parte del hogar y, para terminar, realizar una hora de ejercicios de vacaciones, serán más que suficientes.

 

Si tomamos un poco de conciencia sobre la importancia de la educación desde casa, mejoraremos cada día un poco más nuestras futuras generaciones.